Alcoholismo: Tratamiento farmacológico y de urgencias 
 
El uso de fármacos en pacientes dependientes a drogas siempre es necesario, ya sea para tratar el deseo de consumir durante la abstinencia y el impulso y necesidad de consumo (craving), como para el tratamiento de los otros trastornos mentales y del comportamiento coexistentes en estos pacientes. 
Existen diferentes áreas de tratamiento para el problema del consumo abusivo del alcohol y de las dependencias a las drogas. Se deben dividir tres áreas de investigación del paciente enfermo, que corresponden a tres categorías de padecimientos relacionados con las drogas. 
Primariamente se deben mencionarse los daños causados por el alcohol y las drogas en los diferentes sistemas del cuerpo humano, que resultan en diferentes patologías, algunas agudas, otras crónicos, algunas reversibles, otras no. Esto es tratado por las diferentes especialidades médicas y la misma incluye el tratamiento de desintoxicación a las drogas. 
Seguidamente en segundo lugar, deben considerarse los problemas mentales primarios, esto es, aquellos existentes previamente a las intoxicaciones. 
Unidos a estos, se presentan como enfermedad secundarias, aquellos derivados del abuso de alcohol o drogas (por ejemplo: cuadros depresivos, psicosis crónicas y trastornos de la personalidad, etc.). Por supuesto que en estos la intervención corresponderá al médico y a la especialidad de la psiquiatría y la psicología. 
La dependencia al alcohol o a las drogas constituye el padecimiento primario que hay que tratar y corresponderá a los equipos interdisciplinarios especializados en alcoholismo y adicciones quienes deberán determinar las características de la personalidad del alcohólico y adicto, así como las de su entorno familiar y social, para elaborar un adecuado diagnóstico y una estrategia de intervención. 
El tratamiento farmacológico del alcoholismo debe ser un programa beneficioso interdisciplinario social que incluya desde la desintoxicación (supresión total y programada del consumo de alcohol mediante el empleo de estrategias y fármacos para hacerlo de la forma más cómoda posible y evitar las complicaciones, potencialmente graves, inherentes a la abstinencia), hasta la deshabituación, pasando por la prevención de recaídas y la reducción de riesgos y la participación de ayuda psicosocial y familiar. 
Tiene que ser un encuentro tipo integral y contemplar las características individuales y de vulnerabilidad de cada paciente. El conocimiento y comprensión de los mecanismos neurofisiológicos que tienen en los procesos de dependencia ha permitido durante la última década el desarrollo de nuevos fármacos eficaces para algunos fenómenos de la dependencia alcohólica, como el ansia por el consumo (craving), o la pérdida de control ante la bebida (priming), y han permitido reforzar cada vez más el abordaje médico del alcoholismo, como complemento inseparable de los abordajes psicosociales de la conducta alcohólica y de las aportaciones que otros fármacos, principalmente los aversivos, realizaban previamente. 
La utilización de nuevos fármacos ha incrementado de forma significativa los éxitos terapéuticos, y han proporcionado un profundo conocimiento de los procesos adictivos y un enfoque terapéutico más causal. 
Se deben priorizar algunos aspectos sobre la terapéutica y tratamiento farmacológico del alcohólico las cuales deben ser primeramente, provocar aversión al consumo de alcohol, utilizando fármacos interdictores, que actúan inhibiendo la metabolización del acetaldehído (disulfiram, cianamida cálcica.). Luego disminuir el refuerzo asociado al consumo alcohólico, bloqueando las acciones tipo opioides del etanol (naltrexona) y los receptores dopaminérgicos (tiapride). Siguiendo con una reducción de la intensidad de los síntomas de abstinencia condicionados a las situaciones de consumo y que incrementan el deseo de beber (acamprosato.). Continuando con una terapia para elevar la capacidad de control (naltrexona, serotonérgicos, antipsicóticos.). Por último ir disminuyendo la sintomatología depresiva, que puede preceder a la recaída con antidepresivos. 
En la actualidad se sabe que el etanol interactúa con determinadas proteínas situadas en la membrana neuronal y que son responsables de la transmisión de señales. No todas las proteínas de la membrana neuronal son sensibles al etanol, pero algunas cascadas de transducción de señales son altamente sensibles. Entre los puntos en los que el etanol actúa se encuentran canales iónicos, transportadores, receptores, proteínas G y proteína quinazas. La interacción del etanol con sus proteínas diana da lugar a cambios en la actividad de numerosos enzimas y reguladores de la expresión génica. La determinación de las proteínas responsables de los efectos del etanol abre la posibilidad de diseñar fármacos que compitan con el etanol en lugares lipofílicos específicos, pudiendo así bloquear o revertir determinados efectos sin alterar la función de otras proteínas de la membrana neuronal. 
La mayor parte de las acciones del etanol se deben a su interacción con dos receptores concretos: el receptor GABAA (también denominado complejo receptor GABAA-ionóforo Cl-) y el receptor NMDA (N-metil-D-aspartato) del glutamato. Aunque hay otros neurotransmisores inhibidores (glicina, adenosina), el GABA es el neurotransmisor inhibidor por excelencia del SNC: las neuronas que lo utilizan como neurotransmisor disminuyen de manera transitoria las respuestas de otras neuronas a estímulos posteriores. Por el contrario, el glutamato, junto con el aspartato es el neurotransmisor excitador por excelencia del SNC. La respuesta de las neuronas inervadas por neuronas glutamatérgicas se ve aumentada. El etanol potencia la acción del GABA y antagoniza la acción del glutamato; consecuentemente, en el ámbito cerebral, el etanol potencia al inhibidor e inhibe al excitador: sus acciones son propiamente las de un depresor del SNC. 
La dependencia del alcohol es un grave problema sanitario. La mayoría de los estudios estima que el riesgo a lo largo de la vida de padecer dependencia del alcohol oscila entre el 10% para los varones y el 3-5% para las mujeres, y el riesgo de alcanzar un consumo perjudicial prácticamente el doble. La dependencia del alcohol conlleva una elevada comorbilidad médica y psiquiátrica, oscilando la prevalencia de los alcohólicos visitados en la asistencia primaria entre el 15% y el 50% según las estadísticas. 
Los profesionales de todas las áreas de la medicina se encuentran con cierta frecuencia con el problema del manejo del síndrome de abstinencia del alcohol, ya que la hospitalización o el embarazo por ejemplo, son a menudo los precipitantes de una supresión brusca del alcohol. 
El conocimiento y el número de investigaciones científicas y clínicas sobre el alcoholismo se ha incrementado espectacularmente en la última década, mientras que el tratamiento del alcoholismo está tan solo ahora, empezando a cambiar. En la actualidad, se conocen mejor los trastornos neurológicos químicos subyacentes a los procesos de adicción y a las anomalías psiquiátricas (depresión, ansiedad, deterioro neurocognitivo, etc.) que frecuentemente se asocian al alcoholismo. Todo ello, ha favorecido la aparición de nuevos fármacos eficaces en la fase de deshabituación alcohólica que se complementan con los clásicos fármacos aversivos como el disulfiram o la cianamida cálcica y ha empezado ha mejorar el pronóstico a largo plazo de esta compleja enfermedad. Así mismo, es interesante remarcar cómo, de forma muy significativa, el concepto de enfermedad alcohólica y las distintas hipótesis sobre la etiopatogenia de la dependencia alcohólica han ido justificando y condicionando de forma directa o indirecta el tratamiento del alcoholismo. 
Cuando se considera la dependencia alcohólica únicamente como una consecuencia directa de las  capacidades euforizantes y altamente reforzantes del alcohol (teorías del refuerzo positivo), el tratamiento se centra en evitar este refuerzo placentero. Cuando la hipótesis que prevalece apunta que el consumo de alcohol se mantiene en el tiempo debido a la aparición de tolerancia y síndrome de abstinencia (teorías del refuerzo negativo), el tratamiento se dirige a paliar o evitar el síndrome de abstinencia y se centra en la desintoxicación del paciente alcohólico. Así mismo, de forma más reciente aparecen las nuevas teorías de la sensibilización neuronal, que postulan que una vez instaurada la adicción esta sé vehiculiza a través de una vía neuronal especifica responsable del deseo patológico e irrefrenable de consumo o craving. Las estrategias terapéuticas se basarán entonces consecuentemente en modificar o revertir estas lesiones o disfunciones neurológicas utilizando los nuevos fármacos anticraving.  
 
 
                                    
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